Panorama

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Los orígenes. La época muda

La primera exhibición del Cinématographe Lumière se hizo en Barcelona hacia el 20 de diciembre de 1896. Poco antes se había hecho en Madrid y lógicamente en París (el 28 de diciembre de 1985). El acontecimiento tuvo lugar en la casa de fotografía Napoleón, ubicada en la Rambla. Antes y después de dichas fechas se habían presentado otros inventos relacionados con lo que sería el cine, como las linternas mágicas, pero entonces todos ellos tenían un interés más científico que artístico. Eran simples imágenes en movimiento que despertaban la curiosidad y nada más, nadie podía imaginar sus futuras posibilidades. Las primeras filmaciones en Cataluña las hizo Fructuós Gelabert, cineasta e inventor, considerado el fundador de la cinematografía catalana y española. En 1897, después de algunos documentales, Gelabert filma la primera película de ficción española, Riña en un café. Más adelante crearía la productora Films Barcelona y adaptaría obras teatrales como Terra Baixa (1907) y Maria Rosa (1908). Otros nombres de los pioneros catalanes son: Albert Marro y Ricardo de Baños, que con Hispano Films hicieron películas procedentes de la literatura, pero también actualidades como Don Juan Tenorio (1908), Don Joan de Serrallonga (1910), Justicia del rey Felipe II (1910) o Don Pedro el Cruel (1912), siguiendo así las experiencias italianas del film de arte. Uno de los grandes nombres, un auténtico innovador del cine junto con el francés George Méliès, fue Segundo de Chomón, un hombre de imaginación y recursos técnicos prodigiosos que entre 1902 y 1905 filmó en Cataluña películas que exploraban a fondo el cine e incorporaban los trucajes más sorprendentes, como El hotel eléctrico (1905). Fue un genio fundamental para el devenir del cine, reconocido a nivel mundial. A partir de 1908, lo que al principio había sido un simple entretenimiento empieza a convertirse en un espectáculo popular e intervienen los poderes fácticos, atemorizados por sus repercusiones, apareciendo la censura a distintos niveles. Los cineastas le dan a la gente lo que le gusta, y que normalmente procede del teatro y la literatura, melodramas, comedias y zarzuelas. Francesc Gelabert deslumbra con títulos como Corazón de madre (1908) y Amor que mata (1908). En 1914, Barcelona es la capital del cine español, el centro de producción de toda la industria cinematográfica y una de las ciudades del mundo con mayor número de salas (140), solo por detrás de Nueva York y París. Los intelectuales le dan la espalda al cine –un hecho que ha amainado pero que aún perdura hoy en día– pero uno de ellos, Adrià Gual, crea en 1914 la casa Barcinógrafo con la cual produce adaptaciones de clásicos como El alcalde de Zalamea o La gitanilla (ambas de 1914). La guerra europea repercute en un descenso de la producción y después el cine catalán, así como el español, copia las tendencias que funcionan en todo el mundo. Tiras cómicas, series, melodramas, históricas… tratando de ganar dinero ofreciendo lo mismo que hace ganar dinero a los filmes extranjeros. Empiezan a aparecer los primeros cinéfilos, gente que ve más allá, gente que cree en un futuro diferente, un séptimo arte: Guillermo Díaz-Plaja y Josep Palau fundan el Mirador, el primer cine club del Estado Español. Santiago Rusiñol preside otro. En 1928 se publica un manifiesto de vanguardia cinematográfica firmado por el grupo L'amic de les Arts, en el que figuran como miembros, entre otros, Sebastià Gasch y Salvador Dalí.

La República. El cine sonoro

Los primeros años del nuevo invento propiciaron los lógicos experimentos de un juguete que reclamaba urgentemente un manual de instrucciones que aclarase las ideas a la gente del cine. Los acontecimientos históricos que se sucedieron de un modo acelerado no dieron precisamente demasiado tiempo de reflexión para descubrir cuáles podían ser las formas de expresión del cine sonoro catalán. En el resto del mundo pasó lo mismo, pero sobre todo Hollywood reaccionó más rápidamente explorando las posibilidades de un nuevo mundo en el que el sonido se podía convertir en un elemento dramático imprescindible como complemento de la imagen. Por este motivo, parece lógico que adoptara, como de hecho lo hizo en prácticamente el resto del mundo, la simple ‘sonorización’ de filmes mudos, utilizando las posibilidades del sonoro solamente para hacer hablar a los personajes y no pensar en el sonido como forma diferenciada de expresión. Un ejemplo es El Nandu va a Barcelona (1931) de Baltasar Abadal, en versión muda y sonorizada, una comedia musical aparentemente inspirada en la revista musical catalana “Que és gran Barcelona”, sobre un campesino (Nandu) que viaja a la gran Barcelona y donde se contrastan las diferencias entre el campo y la ciudad.

En 1932, el productor francés Camille Lemoine, uno de los fundadores de la productora francesa Orphea Film, monta los estudios Orphea a instancias de Francisco Elías, ubicándolos en la parte posterior de lo que había sido el Palacio de la Química de la Exposición Universal de 1929 en Montjuic. Después la empresa los amplió para formar una empresa productora. El primer rodaje es el de Pax, una fábula pacifista, dirigida por el propio Elías en versión francesa, ya que no logró reunir capital suficiente para realizarla en una de las lenguas cooficiales. José Buchs rueda Carceleras, primera cinta sonora totalmente hablada y cantada en castellano. En aquellos momentos las producciones todavía no eran totalmente sonoras, tal como lo demuestran El último día de Pompeyano (F. Elías) y El sabor de la gloria (F. Roldán). Gracias al Orphea, Barcelona se convierte de nuevo en la capital cinematográfica del Estado Español. Toda la producción española de 1932 y 1933 sale de los estudios. El día 7 de febrero de 1936, y durante el rodaje de María de la O (F. Elías), se declaró un incendio en el plató que los destruyó y no se terminan de reconstruir hasta después de la Guerra Civil.

Hay que esperar hasta el primer largometraje íntegramente sonoro en catalán (del que se hizo también una versión en castellano aunque no se estrenó en Madrid hasta 1941) – El cafè de la Marina (Domènec Pruna, 1933) – para encontrar un film realmente autóctono. Fue un proyecto muy ambicioso apadrinado por la burguesía culta catalana que, a pesar de la generosidad de su presupuesto tuvo problemas económicos y hubo que terminarlo a toda prisa, constituyendo además un gran fracaso comercial que seguramente desanimó a inversores potenciales, perjudicando de este modo a las películas de ficción en catalán y propiciando la consolidación de la zarzuela y la españolada. El autor de la obra teatral en que se basa colaboró en su rodaje, hecho que hace presuponer que el film conservaba los aspectos sociológicos de la obra original, un retrato de la Costa Brava, increíblemente pobre y miserable, que hacía soñar a sus habitantes con emigrar a América. El argumento gira entorno a la protagonista, Caterina, la hija del dueño del café, que se ve obligada a abortar tras ser abandonada por su cínico prometido y acepta resignada un matrimonio de conveniencia con un rico francés de Bañuls. Se han perdido todas las copias del film destruidas por un incendio, y por lo tanto solamente se puede valorar por escritos periodísticos de la época. La Segunda República había consolidado a Barcelona efectivamente como la indiscutible capital del cine español, pero la mayoría de las producciones –rodadas por cineastas extranjeros y del resto de España– no se ocupaban de temas auténticamente catalanes, sino que transformaban en sonoras las historias y temas más o menos similares que habían tenido éxito en el cine mudo. Cataluña como tema continuaba ausente en la mayor parte de las producciones catalanas rodadas en Barcelona.

Aunque solamente sea por sus aspectos documentales, hay que mencionar a Boliche (Francisco Elías, 1933), que mostraba muchas partes de la ciudad de Barcelona así como vistas aéreas rodadas desde el funicular. El film reflejaba el fenómeno del trío argentino Irusta Fugazot y Demare, grandes triunfadores en aquellos momentos de los escenarios barceloneses. Y también Barrios bajos (Pedro Puche, 1937), producida en plena Guerra Civil por el SIE (Sindicato de la Industria del Espectáculo), la productora anarcosindicalista que descubre aspectos insólitos de los barrios bajos barceloneses a través de un melodrama pasional y de suspense que en cierto modo adelanta los planteamientos de futuro neorrealismo italiano, y del que sorprenden algunas secuencias eróticas, consideradas fuertes para la época. Ahora son de lo más inocentes.

Pero uno de los filmes más representativos de la Barcelona de la Guerra Civil fue Aurora de esperanza (Antonio Sau, 1936-1937), también producido por el SIE, que en aquella época fue considerado como el primer ensayo de cine social y también como el primer film auténticamente revolucionario. A través del argumento se expone la situación de la clase trabajadora en aquellos momentos conflictivos, convirtiéndose en una defensa del ideario anarcosindicalista y en un alegato contra las injusticias del capitalismo y la necesidad de implicarse en la lucha armada contra el fascismo. Sin embargo, si la ficción resulta escasa, todo lo contrario es la producción de documentales y los noticiarios a través de los cuales se puede reconstruir una gran parte de la conflictiva segunda mitad de la década. La Guerra Civil potenció la aparición de un documental catalán de urgencia que se utilizaba como información pero también como herramienta didáctica para educar a la población. Madrid sirvió también como centro de producción del resto de la zona republicana, pero aquí, aparte de los filmes rodados por los sindicatos, destacan las producciones de Laya Films, la sección cinematográfica del Comisariato de Propaganda de la Generalitat, creada en 1936, dedicada a la producción y distribución de filmes y dirigida por Joan Castanyer. Su producción más emblemática, Espanya al dia, comprendía 60 noticiarios de periodicidad semanal. En 1938 se crea Catalònia Films, integrada en el organigrama de la Generalitat, encargada de potenciar la producción nacional. El fin de la guerra terminó con todas estas realidades y el cine catalán quedó, como todo el resto, en manos de los vencedores.

El franquismo. La libertad amordazada

Inmediatamente después de la entrada en Barcelona de las tropas franquistas, el cine catalán fue expropiado por los ganadores. Sencillamente lo desmantelaron. De acuerdo con las órdenes del “Régimen Especial de Ocupación” se procedió a la confiscación de todos los elementos básicos de la producción cinematográfica. Las salas de espectáculos fueron cerradas, reabriéndose al cabo de treinta días. Durante esta década, el régimen fascista controló férreamente el cine por su condición de arte popular por excelencia –censura, listas negras, subvenciones a proyectos favorables, etc. – y, lógicamente, prohibiendo cualquier expresión nacionalista de las comunidades históricas. La situación fue prácticamente la misma hasta casi el fin de la década, cuando el régimen de Franco se vio obligado a un cierto deshielo por la debacle de los alemanes y su posterior entrada en organismos internacionales.

Brigada criminal, d’Iquino (1950)

Hasta 1942 Cataluña no recupera la actividad cinematográfica de la época republicana. Iquino, el más prolífico realizador y productor de nuestro cine, primero trabaja en CIFESA, realizando divertidas comedietas que demuestran su gran dominio del medio, como ¿Quién me compra un lío? (1940), El difunto es un vivo (1941), Boda accidentada (1942) y, posteriormente, en 1942 crea Emisora films, donde realiza un tipo de cine de estilo internacional que no tiene nada que ver con lo que se hace en esos momentos en España, con títulos como Hombres sin honor (1944), Cabeza de hierro (1944), Noche sin cielo (1947) o El tambor del Bruch (1948). Iquino fundaría en 1948 IFI, y Emisora produciría ese mismo año En un rincón de España (dirigida por Jerónimo Mihura y a buen seguro preparada por Iquino), la primera película en color de patente española, el Cinefotocolor, de vida efímera. Otros nombres de directores de aquella época son Miquel Iglesias (Adversidad, primera adaptación de la época de un clásico catalán: Solitud), Llorenç Llobet Gràcia (Vida en sombras, 1947-1948) o Ricard Gascón (Don Juan de Serrallonga, 1948). También destaca el largometraje de animación Garbancito de la Mancha (1942-45, Arturo Moreno, Armando Tosquellas y José María Carnicero), la primera producción europea de dibujos animados en color, un esfuerzo empresarial y artístico de gran envergadura, insólito en la España de la época. En 1950, dos películas inician el cine policiaco barcelonés, Brigada criminal (Iquino) y Apartado de Correos 1001 (Julio Salvador), un género autóctono diferenciado totalmente de lo que se hacía en Madrid que, con sus lógicas variantes llega hasta nuestros días y que en aquella época aportaría obras fundamentales como El cerco (Miquel Iglesias, 1955), Distrito quinto (1957), Un vaso de whisky (1958), ambas de Julio Coll, A sangre fría (Joan Bosch, 1959), Los atracadores (Francesc Rovira Beleta, 1961) o A tiro limpio (Francesc Pérez Dolç, 1962). Hecho escasos medios, rodado en escenarios naturales y partiendo de hechos criminales reales, contaba con un star system propio potenciado por un estilo directo, ameno y espectacular. Sin embargo, había que ir con cuidado para que la censura no se diera cuenta de que detrás de las figuras de algunos delincuentes comunes se escondían alusiones a políticos que el régimen consideraba delincuentes.

En el año 1962 los estudios Orphea desaparecen en un incendio, pero continúa la actividad en Barcelona. En 1963, Los Tarantos de Rovira Beleta fue propuesta para el Óscar. En 1965 los Balcázar crean en Esplugues de Llobregat sus estudios -bautizados como Espulgues City- destinados a la producción de películas de género popular, especialmente westerns, en una época de máxima aceptación de este tipo de cine, que duraría hasta principios de la década siguiente y al que se apuntan la mayor parte de realizadores que acabarían sobreviviendo: Joan Bosch, Miquel Iglesias, Alfons Balcázar, Iquino, etc. Isasi Isasmendi realiza dos producciones de alcance internacional, con primeras figuras del cine mundial: Estambul 65 y Las Vegas 500 millones (1968), a las que enseguida les salen imitadores. Joan Bosch muestra el primer biquini y pone de moda las películas de playa con Bahía de Palma (1962). Otros realizadores tratan de hacer un cine comprometido que refleje la realidad del país, como Pere Balaña (El último sábado, 1966), Jaime Camino (Los felices 60, 1964), Julio Coll (Los cuervos, 1961), Josep Maria Font (Vida de familia, 1963) o Josep Maria Forn quien, al adaptar M’enterro en els fonaments (1968-69) tiene problemas tan graves con la censura franquista que, al no quiere aceptar sus imposiciones, no puede estrenarla hasta el año 1984 con el título de La Repuesta. Poco a poco empieza a permitirse el uso de la lengua catalana i aparecen filmes como Maria Rosa (Armand Moreno, 1964) o En Baldiri de la Costa (Josep Maria Font Espina, 1968).

Dante no es únicamente severo, de Joaquim Jordà i Jacinto Esteva (1967)

Entre 1965 i 1968 se producen en Barcelona una serie de filmes de tipo experimental gracias a la apertura de la nueva ley de cine promovida por García Escudero, que favorece a este tipo de filmes, y también gracias a los medios económicos propios de la mayoría de los realizadores, ya que pocos recuperarían sus costes en la taquilla. Aunque en esos momentos no se viera como un movimiento compacto, la revista Fotogramas se encargó de presentarlo como un grupo cohesionado bautizado como Escola de Barcelona, que englobaría dentro del mismo grupo a cineastas como Pere Portabella, Carles Duran, Gonzalo Suárez, Jacinto Esteva, José María Nunes, Vicente Aranda o Joaquim Jordà. Los títulos que lo definen son, entre otros, Fata Morgana, Noches de vino tinto, Dante no es únicamente severo, Ditirambo, Nocturn 20, Biotexia, No compteu amb els dits, Cada vez que…, Libertina 70, Vampyr-Caudecuc, Esquizo o Después del diluvio. La misma ley de Garcia Escudero propició la aparición del llamado Nuevo Cine Español, un tipo de cine situado a las antípodas de la Escola de Barcelona, en el que predominaba el mensaje normalmente social o político, sobre experimentaciones estéticas. La piel quemada (Josep Maria Forn, 1967) es uno de los pocos filmes catalanes que se pueden incluir dentro de esta denominación, uno de los mejores films que se ha hecho en Estado Español sobre los problemas humanos i sociales de la inmigración interior. El Nuevo Cine Español tuvo más repercusión en Madrid, (lo llamaban “cine mesetario”) con nombres como Miguel Picazo, Carlos Saura, Julio Diamante o Basilio Martin Patino.

Durante los últimos años del franquismo, el cine hecho en Cataluña sigue los pasos del español (un hecho lógico dada la dependencia económica oficial y la falta de independencia política), buscando los puntos débiles a la censura con productos comerciales de baja cualidad y fuerte contenido erótico, aunque también se la pusiera a prueba con filmes sobre temas más importantes. La desorientación de los censores duró hasta los primeros años de la transición, entrando después en un estado de normalización sin ningún tipo de trabas.

Companys, procés a Catalunya, de Josep Maria Forn (1979)

Cine en democracia. Libertad

Sin trabas de ningún tipo, La ciutat cremada (Antoni Ribas, 1976) y Companys procés a Catalunya (Josep Maria Forn, 1979) se eternizaron en las carteleras, convirtiéndose en auténticos fenómenos sociales. Los espectadores se emocionaban, muchos lloraban. Se empiezan a hacer películas sobre la Guerra Civil desde la óptica de los perdedores, como Las largas vacaciones del 36 (1976) o La vieja memoria (1978), ambas de Jaime Camino. La rabia (Eugeni Anglada, 1978) y Alicia en la España de las maravillas (Jordi Feliu, 1978) son de los filmes más innovadores y comprometidos. Ahora todo es posible.

A partir de entonces, el cine en Cataluña se hace en total libertad, como en el resto del Estado Español. Lo intentan nombres como Francesc Bellmunt, Francesc Beltriu, Ventura Pons, Bigas Luna, Vicente Aranda, Antonio Chavarrias, Antoni Verdaguer, Gonzalo Herralde, Rosa Vergés, Isabel Coixet, Judith Colell, Carles Benpar, Jesús Garay… y un largo etcétera. Estos directores hacen todo tipo de películas, tanto comerciales como experimentales. Se ha creado un nuevo cine en catalán, con auténtica denominación de origen, exportando a todos los países y festivales del mundo con títulos y objetivos distintos: filmes de José Luís Guerín, Marc Recha, Jaume Balagueró, Albert Serra, José Antonio Bayona, Agustí Villalonga, Cesc Gay, Manuel Huerga o Joaquim Oristrell. Existe toda una nueva generación de jóvenes que lo están cambiando. Han surgido productoras de todo tipo, poderosas como Filmax o Mediapro; de cine de riesgo como Eddie Saeta o Kaplan; de las que buscan la coproducción como salida para hacer un cine digno, como Messidor o Massa d’or… solamente para mencionar unas cuantas. Los profesionales están mejor preparados –muchos hacen cine fuera de Cataluña– gracias a las escuelas de cine, que encima han creado estilos propios. Los actores y actrices también traspasan nuestras fronteras. La televisión ha dejado de ser una salida de segunda categoría para convertirse en un medio de expresión de calidad. Se ha creado un genuino cine fantástico, documental y de animación. Y ha nacido la Academia de Cine Catalán para fomentar toda esta rica variedad de cine que se hace en nuestro país.

Àngel Comas
Periodista i historiador cinematográfic
Febrer de 2009

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